Croacia

Recorrer el noreste de esta hermosa república nos sirvió como uno de los mejores ejercicios de reflexión y compromiso que podríamos haber necesitado. Qué lejos estamos como seres humanos de respeto, tolerancia, amor y paz.

Cuando estábamos en Hungría, teníamos que resolver si cruzar por Croacia a Serbia, o bien alargar un poco más la ruta y pasar directo a Serbia. La resolución fue evidente, queríamos conocer Croacia, y por sobre todo, la zona del conflicto bélico que tuvieron estas naciones en los finales de los 90.

Así que entre montanas, exigentes, colinas y rutas compartidas con vehículos de gran porte, nos sumergimos en una película que, como casi todo el este europeo, rápidamente se convierte en tonos grises, negros y de fondos oscuros. Los días de viento y lluvia magnifican estos sentimientos y parecen condicionar nuestros sentidos.

Hicimos (sólo) 145 kilómetros en algo más de 2 días por esta region. Nos sirvió, lo suficiente, para reflexionar acerca de lo más lamentable que tenemos como seres humanos: guerras y religión.

Este sector es paradójicamente, en el que mayores frentes de combate en busca de su independencia hubo, y claro, el menos desarrollado y turístico. Lejos están las playas del Adriático y las lujosas mansiones que, curiosamente, miran al oeste y sin proponérselo dan la espalda a esta parte del país. Los números son terminantes: 20.000 muertos, 40.000 heridos y más de 500.000 desplazados en un conflicto principalmente étnico.

El reflejo de ellos es evidente: pueblos y casas aún hoy abandonados, personas con pensiones mínimas por haber «defendido» la causa, y tumbas comunes atestiguan lo más horrible y penoso que tenemos como seres humanos. Poligonos de tiro, a cada 5 kilómetros en la ruta, y un intento por tratar de volver a trabajar campos y ciudades son un fiel espejo de lo que se respira en esta región.

Pareciera que aquellas religiones, por las que tantas causas como está se han desarrollado, se concentrarán más en la fastuosidad de sus «notredames», y no en la humillación y padecimiento de estas víctimas de sus creencias.

Cada pedaleada, por suerte, nos ha reavivado el poco sentido de pertenencia con estas locuras llamadas religion. Sentimos que lo que nos queda el compromiso de que esto no vuelva a pasar. Mucho más amor y paz, tolerancia y respeto nos hacen falta.

Nos sentimos obligados, también, a pensar que más allá de eso, de los días grises y lluviosos, el país, su gente, son maravillosos. Como siempre. Desde 1991, donde declaró su independencia, y luego de 4 años de guerra, se incorporó en 2013 a la UE y en tan solo 22 años escaló hasta instalarse entre los 50 países con mejor índice de desarrollo humano para sus 4 millones de habitantes. El Estado provee, gratuitamente para sus habitantes de un sistema de salud universal así como educación primaria y secundaria gratuita. Algo es algo.

La gente nos mira con curiosidad. Están acostumbrados a las bicis que pasan por las rutas cercanas al Danubio. Pero no tanto a la banderita Argentina. Encima les gusta mucho el futbol, y ya nos están haciendo recordar, bastante, el 0-3 del último mundial de fútbol, donde fueron subcampeones. Los más jóvenes, pocos por cierto, saludan y sonríen con mayor frecuencia. Los más ancianos desandan sus horas y caminos con mayor parsimonia, como aún aturdidos por tanto conflicto. Hay personas de 80 años que han vivido mayormente en guerra. Por demás de comprensible esa seriedad que sus miradas expresan.

Así, lentamente, entre colinas, subidas, bajadas y reflexiones, nos vamos yendo. Como si fuera poco, la última noche compartimos su casa con Bozidar, un ex combatiente que nos invitó a descansar en su casa, recientemente recuperada. Para tener un buen reflejo de primera mano de la historia reciente de este país.

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