Chile

Las sensaciones de la primer frontera, son únicas. Parece como si dieras el primer paso. El más importante. Como si soltáras manos, ataduras, comodidades, y te cruzaras a lo desconocido. Pero no es tán así. Igual, las sensaciones de buscar un lugar para dormir en otro país, mismo siendo un país vecino, los primeros kilómetros en territorio ajeno, empezar a organizarse verdaderamente en este modo de viajar y vivir en un auto, es una sensación que nunca vamos a olvidar!.

Chile era a priori uno de los países de Sudamérica más extensos para recorrer, y del cual hicimos casi solo la mitad, desde su capital Santiago de Chile, hacia el Norte, donde llegamos a Iquique. También, una de las economías más caras, con lo cual, nuestras primeras semanas de viaje resultaron alarmantes en cuanto a gasto: muchos kilómetros, implicando mucho combustible, y poco habito de ahorro y compra inteligente (justificado quizás en nuestra relativamente escasa experiencia de vida viajera) nos llevaron a niveles de gastos que cuando los repasamos, no podemos creer. Así y todo, o quizás por eso, estuvimos en Chile por 35 días y recorrimos un poco más de 5400 kilómetros.

Mirando a la distancia, con el tiempo entendimos que este primer paso hacia Alaska fue más “vacaciones después de tanto trabajo” que una aventura introspectiva. Poco espíritu explorador, muchos miedos, y a una velocidad desconocida para lo que sería el futuro de nuestro viaje, hicieron de nuestro primer país una experiencia diferente.

Eso sí, le anotamos a este país el ser en el que más turismo recreacional hicimos, sumado a que teníamos una guía de viaje (regalo de la familia) que era bastante propensa a llevarte a lugares de turismo y consumo. Por suerte, las extensiones, sobre todo rumbo Norte, nos limitaban un poco a seguir aquella al pie de la letra, y más bien, sobre la mitad del recorrido, nos fuimos transformando más en espectadores y exploradores.

Lo bueno?, quizás valoramos este primer paso al haberlo dado en un país que, para nuestros temores e inseguridades, propias de todo principiante, no representaba mayores desafíos, salvo a la hora de decidir por sí o por no a comprarse una bolsa de aguacates (“palta” en modismos locales), o si probar o no el aguay manto (o “uchuva”) un fruto mágico y sabroso de color amarillito. Si, el espíritu gastronómico sí lo desarrollamos ni bien empezado el viaje, je.

Algunas notas de nuestro paso por el país trasandino:

Primer contratiempo con la camioneta: Si, pero tranquilos, que, al menos por lo que leímos, suele pasarles a todos. Yendo a los Geysers del Tatio, en la región de  Antofagasta,  y cuando estábamos a más de 3500 msnm, se nos ocurrió detener de súbito, por motivos fotográficos, la marcha de la camioneta en una pendiente ascendente. Cuando quisimos volver a poner en marcha y avanzar, La Pánfila acuso lo que técnicamente se conoce como “mal de altura”. Sí, nos apunamos, camioneta incluida. Nada que con un poquito de tiempo y paciencia pudiera solucionarse. Pero, obvio, nos asustamos un poquito.

Camionetas rojas: En el norte de Chile, sobre todo, vimos una inmensa cantidad de camionetas rojas, de todas las marcas, dedicadas a la minería. Preguntamos por qué, y los motivos fueron rápidamente aclarados: El color obedece a que es un color fácilmente identificable a campo abierto, cerca de las minas y canteras donde trabajan. Las tormentas de arena, son bastante frecuentes en el desierto donde la actividad minera tiene su foco, y por tanto, es una buena forma de identificarlas ante cualquier urgencia. Del mismo modo, cuando están siendo operadas en dichos terrenos, cuenta con una antena (de radio frecuencia) extendida con un banderín flúor. En el Aeropuerto de Antofagasta, un día de fin de semana, podes llegar a encontrar en el estacionamiento más de 200.

Al agua, con lo puesto: El mar, de este lado del país, tiene su fama de braveza, y de frescura!, por eso, aún en pleno verano, es muy común que veas en las playas del centro y norte, que la gente se mete a las bravas aguas del pacifico, con lo puesto. Si, nada de trajes de baños, zungas o bikinis diminutos. Cuanto más ropa, mejor. Cubrirse contra el sol también es un plus.

A la Arena, no (si no tenés la 4×4): Para hacerla completita, en nuestro primer país (sin contar Argentina), también inauguramos los contratiempos con La Pánfila en el rubro tracción. Nos confiamos con una playita, solo para salir del camino y volver, y literalmente, nos encajamos en la arena. Anónimamente, unos amigos con un jeep 4×4 nos sacaron. Así que si, la primer asistencia técnica off road, fue ni bien comenzado el viaje. De ahí en más, la arenita de la playa, de lejos.

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