República Checa

Sí, lo sabemos, todo el mundo visita Praga. Y si no lo sabíamos, lo vivenciamos. Increíble la cantidad de gente que por dia, visita esta ciudad. Para algunos, la capital del viejo mundo. Y de algo estamos seguros, sin tanta gente, es maravillosa.

Después de pasar por Berlín, nos quedaba más que posible la visita a la capital de la República Checa. Si bien sabíamos que este país era hermoso para visitarlo con las bicis y por más tiempo, analizando las opciones, decidimos hacer esta visita de 3 dias para al menos acercarnos un poco a la cultura de este país sorprendente.

El tamaño del continente nos ayuda. En 5 dias habremos estado en 4 países distintos. Todo muy vertiginoso para nuestros viajes en modo caracol.

Volvamos a Praga. Para muchos, de las ciudades más lindas del mundo. Sin restarle ningún mérito, lo cierto es que su popularidad nos pareció que, del mismo modo que el magnífico caudal de sus ríos, la ha desbordado. 

No obstante, su arquitectura, cuando la logras ver sin tanta gente, es digna de libro. Catedrales, castillos y hasta cada simple edificio, son dignos de fotografiar. En cada uno de sus rincones se vislumbra o se huele a fábula. Cada ventana es una aventura por venir. 

La cerveza («pivo») y el dulce «trdelnik» (que Lauri probó) se ofrecen en cada metro del casco histórico.

Ya alejados de allí, sí! nos alojamos en la zona menos turística, se puede apreciar con mayor detalle aspectos más locales: veredas chiquitas, una ciudad y un país en pleno desarrollo, muchas obras, aires de avance mezclados con aires de cultura pre-perestroika, y algunas particularidades únicas: una ciudad muy liberal, un país con un 60% de ateísmo, y que es el sexto más seguro del mundo.

Es el primero en que tuvimos que hacernos de moneda local, las coronas checas, casi 25 de ellas por un euro.

Muy famoso por la calidad de su cerveza, quizás de las mejores del mundo, pero sin tanto marketing. Las probamos y la verdad, nos encantaron. Como dato, los 143 lts. de cerveza por año por habitante no sorprendería a nadie. Es más, confirman lo que su himno nacional reza (y en lo que está basado: la conversación de dos borrachos): «dónde está mi casa?».

Quizás valga preguntarse si no irá por ahí el camino hacia seguridad y desarrollo. El modelo de perfección que tantas veces discurre entre puntos antagónicos como felicidad y el deber ser o deber social, queda aquí fuera de juego. Son un país de gente trabajadora, lo cual se nota, pero de gente divertida, lo cual también se nota. A lo largo de su historia tuvieron grandes controversias políticas, de tinte religioso fundamentalmente, que la llevaron a reconstruirse al menos 4 veces en 200 años. Es más, sin contar las guerras mundiales en las que estuvieron lamentablemente envueltos, es de remarcar el grado de desarrollo e infraestructura con la que gozan.

Asi y todo, con partidos políticos que son una verdadera rareza para el escenario europeo, y con un presidente que asumió borracho, el país se nota que vive bien. Las superficies de cultivo son aún de tamaño familiar en muchas de ellas, la infraestructura se reparte a lo largo del país, y la gente se nota que disfruta de vivir aquí. Son relajados, y aun con ciertas barreras de idioma, pudimos sentir en nuestra corta visita que son más fraternales y atentos que la media europea.

Nos vamos rapidito a Vienna, a retomar nuestro modo de viaje cletero. Eso si, que bien que vinieron estos días de descanso!!!

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