Alaska

Como era de esperar, lo que pensábamos que iba a ser Alaska, no lo fue. Por un lado, con el pasar de los años, de los tantos países y paisajes de viaje,  de tantas aventuras y días de viaje, hicieron que se minimizara el hecho de llegar al lugar donde decíamos que íbamos. Parte del aprendizaje rutero fue entender  que se llegara o no, el viaje estaba valiendo la pena. Por el otro, sentimos cierta satisfacción de objetivo cumplido, es cierto.

Pero la sensación de ambos fue de satisfacción personal, pero de un vacio difícil de explicar. Al mismo tiempo que disfrutábamos nuestra última frontera, y festejábamos como niños!, nos sentíamos como vacios de no saber qué vendría a continuación. Y todavía no habíamos recorrido ni siquiera 500 metros en territorio Alaskeño.

Lo cierto es que festejamos, claro, con sushi. Je, nos propusimos hacer algo diferente, y en Whitehorse, ultima ciudad relativamente grande, compramos un poco de sushi, le pusimos hielo y lo mantuvimos 24 horas hasta llegar a la frontera entre Yukón (Canadá) y Alaska (EEUU).

Sacamos las fotos de rigor, filmamos, pegamos adhesivos, y luego de varias horas de descansar en esta frontera, decidimos adentrarnos a conocer, por algo más que un mes, el estado más nórdico de EEUU.

A priori teníamos la sensación de que íbamos a visitar un estado  desolado, alejado de la modernidad, de la tecnología, lleno de animales, con territorios gélidos y distancias abismales. Hicimos compras de provisiones como si fuéramos al lugar más desolado del viaje. Y lo cierto es que, más allá de una magnificencia de terrenos y paisajes, Alaska es, hoy por hoy, un estado más, integradísimo a todo (lo bueno y lo no tan bueno) que tiene el gigante del norte.

Aún así, hay ciertos rasgos característicos que la hacen única. Por un lado, la calidez de su gente, contraria a lo que uno piensa de estos gélidos y lejanos lugares. Muchas muestras de solidaridad, de ganas de vivir en un entorno natural, de gente con ganas de estar al aire libre (al menos en verano), muy curiosa y empática, que nos recibió siempre con una sonrisa y con amabilidad. Más allá de la súper infraestructura (en todas las ciudades grandes, sentís que estás en la misma situación que en New York o Los Angeles!, y estás en el hemisferio Norte Norte!!!!), el toque «salvaje» como dicen ellos, está presente. Es una aventura recorrer sus rutas: grandes distancias, mucha vida silvestre, glaciares y montañas increíbles, unos paisajes de ensueño. Las noches, de no creer: cielos estrellados, olores, colores y sonidos inimaginables. Y también, hay que decirlo, desde lo gastronómico, un plus invaluable: Salmon!!!

Nos encantó ?, Si, total. Con el tiempo, luego de ese «vacío existencial» que implicó llegar a la «meta», por así decirlo, internalizamos que estábamos ante una oportunidad única de conocer un lugar de lo más lejano a lo que podríamos llegar. Y ahí lo disfrutamos. Hicimos ese click que nos ayudo a compartir, con amigos, con desconocidos, con gente local, de forma única, el «otoño alaskeño»

Particularmente, creemos que solo el paso del tiempo nos va a permitir dimensionar quizás de forma correcta o más precisa, haber manejado nuestro carro por 30 días alrededor del estado más recóndito de los EEUU, ese que casi caprichosamente por muy poco no se conecta con Rusia. Cómo cuando en un centro de visitantes de la Península de Kenai, orgullosamente, nos ofrecieron otorgarnos un certificado (esto es muy típico para los ciudadanos americanos) de que habíamos llegado hasta allí manejando desde Argentina. No lográbamos entender bien porqué tanta sorpresa. Pero si, si mirás un mapa, es al menos alocado pensar que has recorrido 70000 kilómetros para estar allí pidiendo la clave de wifi  y avisar a la familia que está todo bien.

En  fin, seguramente a nuestros nietos les gustará un poco más la historia. Por pequeña que sea, de que alguna vez se nos ocurrió manejar hasta ese pedazote de tierra allá en el Norte. Y nosotros, como buen contador de historias, nos encargaremos de sobredimensionarla perfectamente.

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